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Relatos eróticos de heterosexuales

Un día con mi jefe (relato erótico)

Él era un hombre muy serio, pero le hice perder la cabeza.

por Mirian

Aquel día había trabajado demasiado y encima a última hora de la tarde recibo una llamada urgente de mi jefe diciéndome que no encontraba un expediente que había dejado sobre su escritorio y que necesitaba que fuera para ayudarlo a buscar.

Así es que fui y lo encontré en su oficina, sentado en su gran sillón y bebiendo un café.

Se llamaba Gustavo, era un poco calvo, muy alto , de espaldas anchas y muy simpático. A mí siempre me había gustado pero los comentarios de las mujeres de la oficina decían que era muy serio y que nunca se había insinuado con ninguna empleada.

Me dijo que buscara el expediente, que sobre su escritorio no estaba, que mirara en el armario. La tarde estaba caliente, el verano se había venido con todo y el aire acondicionado no funcionaba.

El seguía sentado tomando su café y revisando papeles cuando de pronto me dijo que debía darse una ducha porque el calor lo estaba agobiando. Yo le dije que no me importaba y él se metió en el cuarto de baño dejando la puerta entreabierta. No pude con mi curiosidad y lo espié a través del reflejo en el espejo. Pude ver que se quitaba el saco y la corbata y luego la camisa dejando expuesto su pecho velludo. La piel le brillaba con todo aquel sudor y una aroma de perfume a hombre llegó hasta mí. Después de colgar la ropa en el perchero se sacó también el pantalón quedándose en calzoncillos. Mi primera reacción fue una sonrisa, estaba espiando al hombre que era mi jefe, a quien solo había visto todos los días en una oficina y vestido de traje. Pero la sonrisa se me borró cuando se quitó los calzoncillos: su miembro era enorme.

Era difícil en esa situación concentrarse en la búsqueda de un expediente, así que decidí seguir espiando y olvidarme del resto.

Se metió en la ducha y el agua empezó a recorrerle el cuerpo. A esa altura yo también estaba mojada y no precisamente de sudor.

Cuando cogió la toalla para secarse pude ver su sexo en todo su esplendor y no aguanté más, abrí la puerta y entré sin dudar un instante. El me miró asombrado pero una sonrisita se dibujó en su rostro. Sabría que lo estuve espiando?

Su proximidad y su olor a perfume me invadieron y como no observé resistencia le eché los brazos al cuello y metí mi lengua en su boca. Respondió a ese beso metiendo sus manos debajo de la blusa que yo traía puesta y acariciando mis tetas.

Dejó caer la toalla y desabrochó mi falda que fue a parar al suelo. Lo ayudé a quitarme la ropa (ya había perdido la compostura) y sentí que su miembro ya estaba delatando su interés. Suavemente me empujó y me hizo sentar en el borde de la bañera. Se arrodilló frente a mí y empezó a besarme y lamerme la parte interior de los muslos, subiendo con su lengua muy lentamente hasta que llegó a mi sexo. Empezó a besarlo y con su mano comenzó a masturbarme. Cuando ya estaba yo al borde del éxtasis me levantó y me pidió que me sentara arriba de él . Me senté suavemente encima de su polla y me la metí lentamente toda adentro, acariciándole los muslos. El me agarraba las nalgas besando y lamiendo mi boca. Empezamos a jadear de placer, seguía subiendo y bajando sobre él, mis tetas presionando su pecho. El estaba fuera de sí y un olor a sexo nos invadía. De pronto sentí que su polla latía fuertemente y su líquido se corría dentro de mí haciéndome alcanzar un orgasmo como nunca había experimentado.

Al día siguiente me presenté en la oficina como lo hacía desde hace años, buscando de él una mirada cómplice pero solo me recibió con un “buenos días”. Nunca hablamos de aquel episodio. Yo sigo siendo la empleada y él “mi jefe”.

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